Se nos fue Charo Fernández, una sonrisa pegada a la vida

charo fernández
Hay personas que dejan huella sin hacer ruido. Personas que no necesitan focos porque su forma de estar en el mundo ya ilumina bastante. Y así era Charo Fernández. Cercana, vital, trabajadora, amable… de esas mujeres que parecían tener siempre una sonrisa preparada incluso cuando la vida venía torcida.

Charo se ha ido demasiado deprisa. Uno de esos malditos bichos que aparecen sin avisar y que muchas veces se llevan a los mejores ha apagado una vida llena de energía, de cariño y de humanidad.

Hay personas a las que resulta imposible recordar desde la tristeza absoluta, porque incluso al pensar en ellas aparece inevitablemente una sonrisa. Y con Charo pasa eso.

Hace más de de cuatro décadas que muchos la conocimos junto a la familia Madrid, emprendedores, músicos, políticos de los de clase, de los que merece la pena escuchar, vecinos de barrio, de ese San José Obrero de toda la vida, del conocido Cañaveral donde las conversaciones eran cercanas y donde todavía importaba cómo estaba el vecino. Charo siempre estaba ahí. Con ese “¿qué tal va la cosa?” sincero. Con esa mirada detrás de sus gafas que transmitía cercanía, fuerza y una especie de tranquilidad contagiosa aunque estuviera lloviendo fuera o tronando dentro.

Porque si algo tenía Charo era VIDA. Así, con mayúsculas.

No era una mujer de medias tintas. Tenía carácter, claro que sí. Del bueno. Del que sirve para sostener familias, negocios, problemas y días malos. Pero también tenía una capacidad enorme para cuidar, ayudar y preocuparse por los demás. Resolutiva, trabajadora y tremendamente cariñosa con quien quería. Y quería mucho.

Profesora para muchos, enseñante de vida para otros tantos, compañera inseparable de Adolfo, al que costaba imaginar sin ella cerca. Siempre formando equipo. Siempre empujando. Siempre sosteniendo.

Hay recuerdos pequeños que terminan siendo enormes con el paso de los años. Conversaciones rápidas. Saludos de calle. Detalles que parecen insignificantes pero que hablan de cómo era una persona. Charo nunca olvidaba preguntar por las mellizas, por la familia, por cómo iban las cosas. Y esas cosas no se hacen por compromiso. Se hacen desde el afecto sincero.

Muchos la recordarán por su trabajo. Otros por su capacidad de lucha. Otros por su fortaleza silenciosa en los momentos difíciles. Pero quienes realmente la conocieron se quedan sobre todo con esa mezcla tan complicada de encontrar: energía, empatía y bondad.

De esas personas de las que nadie habla mal porque simplemente hicieron el bien a su manera, sin buscar nada a cambio.

Hoy Zamora pierde una de esas mujeres que parecían eternas. De esas que forman parte del paisaje emocional de un barrio y de una generación. Y aunque la vida haya sido injusta en este final que nunca merecía, queda algo que ni el tiempo ni la muerte podrán borrar: el recuerdo de su sonrisa vivaracha, de su positividad infinita y de esa manera tan suya de hacer sentir bien a los demás.

Charo se ha ido. Pero hay personas que nunca desaparecen del todo mientras sigan vivas en la memoria de quienes compartieron un trozo de camino con ellas.

Y Charo, sin duda, seguirá ahí. En muchos recuerdos. En muchas conversaciones. Y en muchas vidas