Vandalismo, cobardía y analfabetismo patrimonial en Santa María la Nueva
No ha sido un acto valiente. Al contrario. Ha sido un ejercicio de cobardía pura. El vandalismo nunca se hace a plena luz del día ni dando la cara. Se hace con nocturnidad, esquivando cámaras, escondiéndose como ratas en cuanto hay riesgo de ser identificado. Así se actúa cuando no se tienen argumentos, ni respeto, ni conciencia de lo que se está dañando.
La pintada —ya eliminada con rapidez por los operarios municipales, a los que hay que reconocer eficacia y diligencia— rezaba: “Franco asesino. Iglesia cómplice”, flanqueada por dos símbolos anarquistas. Una frase sin contexto, sin inteligencia y, sobre todo, sin el menor respeto por el patrimonio común. Porque aquí no estamos hablando de ideología, ni de memoria histórica, ni de debates legítimos. Estamos hablando de piedras románicas del siglo XII, de historia viva de Zamora, de un legado que no pertenece ni a la Iglesia, ni a un gobierno, ni a una ideología: pertenece a todos.
Quien ha hecho esto no ha atacado a Franco —muerto hace ya medio siglo—, ni a la Iglesia como institución abstracta. Ha atacado a Zamora, a su historia y a su imagen. Ha causado un daño, aunque se haya limpiado rápido, sobre un material que no es eterno, que sufre con cada agresión y que debería ser protegido con celo, no utilizado como lienzo para desahogos mal digeridos.
Porque una cosa es pensar, opinar, criticar o incluso protestar —derechos legítimos en una sociedad democrática— y otra muy distinta es expresarlo dañando un bien histórico protegido. Eso no es reivindicación, es vandalismo. No es activismo, es ignorancia. No es valentía, es miseria intelectual.
Y uno no puede evitar preguntarse si quien actúa así entiende lo que es lo común, lo público, lo que se mantiene con el esfuerzo de todos. O si, quizá, pertenece a esa fauna que exige derechos pero elude deberes; que grita consignas pero no contribuye; que ensucia lo que otros pagan y cuidan. La sospecha, desde luego, no sería descabellada.
Santa María la Nueva seguirá en pie, como lleva siglos haciéndolo. Pero cada pintada, cada ataque, cada “acción” de este tipo deja claro que el verdadero problema no está en las piedras, sino en algunas cabezas. Y eso, por desgracia, no se limpia con agua a presión. Juzguen ustedes, cada pintada nos cuesta un dinero...los operarios municipales ya han acabado con la pintada menos mal, el museo de Semana Santa entre tanto ha visto en su trasera otro acto contra el patrimonio ese que cuidamos muchos y pagamos todos, salvo estos vándalos que habría que hacerles pagar con la limpieza de calles y edificios su verdadera idiotez.