La Tuna y los niños vuelven a cobijarse bajo el manto de la Soledad: Zamora ya huele a Semana Santa
Aquel día, la Tuna hizo suya la Iglesia de San Juan. En un concierto improvisado, sin más guion que la devoción, los tunos entonaron canciones dedicadas a su madrina. La iglesia, abarrotada, respondió como Zamora sabe hacerlo cuando la tradición late de verdad: en pie y con el corazón por delante.
2026: tradición intacta
Este 2026 no fue menos. En el último sábado de febrero, la Tuna volvió a acudir días antes de procesionar de procesionar la Virgen para rendir respeto a la Madre de Zamora. Y los pequeños, de nuevo, fueron pasados bajo el manto como símbolo de protección, de continuidad y de fe heredada.
No es solo un gesto. Es la transmisión silenciosa de una identidad. Zamora no entiende su calendario sin la Soledad. Y la Soledad no se entiende sin su pueblo.
La escena volvió a repetirse: acordes que llenan las bóvedas, voces que resuenan en piedra antigua y niños que, ajenos aún a la magnitud del momento, quedan envueltos en una tradición que un día contarán como propia.
Mientras tanto, el Miserere
A pocos metros, en la Iglesia de San Vicente, el primer ensayo del Miserere marcaba también el pulso de una ciudad que ya respira Semana Santa. Dos sonidos distintos, una misma esencia.
Zamora rezuma Pasión a la voz de ya. Los ensayos, los ritos recuperados, los gestos que se repiten año tras año convierten estos días previos en algo más que preparación logística. Son preparación espiritual.
La Virgen de la Soledad volvió a ser protagonista. Y la Tuna, fiel a su cita, recordó que hay tradiciones que no necesitan cartel: solo necesitan corazón.
La cuenta atrás ha comenzado.