Siempre es Viernes Santo: cuando la muerte te enseña a dar gracias por la vida

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Hay momentos que no se van. Se quedan. Te acompañan. Te persiguen.
Y para mí, ya siempre es Viernes Santo.

Un día como hoy, en plena pandemia, un 10 de abril de 2020, de esos que no pudimos celebrar, mi madre escuchó por última vez el Miserere. Escuchó el Merlú. Escuchó también a Thalberg.
A las cuatro de la tarde, cuando se inicia el Santo Entierro, Luisa Rojo Palacios expiró.

Ese mismo día también se fue nuestro primo Javier, nuestro niño, con síndrome de Down.
Luisina, te acompañará siempre de la mano. Porque fuisteis compañeros de viaje hacia el cielo.

Mamá tenía 75 años. Javier, 63.


Una despedida que no se olvida

El Miserere se lo canté yo, como siempre hacía.
Pero esta vez fue a través de una videollamada. La última.

La vi entre tubos, entre oxígeno, entre esa fragilidad que nadie debería ver en su madre.
Y supe, en ese instante, que no volvería a tocar su mano.

Despedirse así…
Eso sí que es el verdadero dolor.

Ni siquiera aquel cáncer que sufrí hace 15 años fue comparable. Nada lo fue.

Murió en Ciudad Real, a más de 500 kilómetros de casa.
Sin vacuna.
Sin más dolor que el de no poder respirar.

Se dice pronto.
No respirar.


La rabia de un Viernes Santo distinto

Todo por un virus nacido de la propia torpeza humana.
Por la necedad.
Por la prepotencia de quienes juegan con la vida sin valorar la suya.

Y hoy, Viernes Santo, día de recogimiento, de procesiones, de abrazos, de encuentros…
yo no puedo hacer lo más sencillo: ver a mis padres.

No podré nunca más.


El golpe definitivo

La pandemia no terminó ahí.

Nueve meses y una semana después, se llevó también a mi padre.
Mi Robinson Crusoe.

Curiosamente, el mismo tiempo que tardé yo en nacer desde la boda de mis padres, aquel 19 de agosto de 1969.
Casualidad o no… quién sabe.

Lo que sí sé es lo que sentí hoy:
esa rotura interior.
Esa sensación de quedarme huérfano… otra vez.

Pero esta vez de los dos.


Zamora, la calle y el silencio

Esta mañana, en cada reverencia, los sentí cerca.
Muy cerca.

Y por primera vez, no lloré.

Hicimos un directo a pie de calle, de espaldas, sin molestar, sin romper nada. Había respeto.
Félix, jefe de paso de la Soledad, amigo de mi padre, me guiaba como siempre.
Nacho, el presidente, también.

Ellos lo sabían.
Sabían que mi madre murió un día como hoy.
Sabían lo que dejó la pandemia: sin padres y con un COVID persistente durante año y medio.

Y aun así… la vida seguía.


Porque la vida sigue… aunque duela

He sido capaz de sonreír.
De reencontrarme con amigos.
De escuchar bromas como siempre:
"Colmenero, vamos, que ya quedan menos…"

Pero la procesión, la de verdad, no iba por la calle.
Iba por dentro.

La mía.
Y la de miles, millones de personas que se fueron… y no volvieron.


La fe, la vida y lo que queda

La esperanza de la Resurrección es eso: fe.
Esa que perdemos cada día…
y recuperamos cuando la vida nos golpea de verdad.

Solo entonces miramos arriba.


Un mensaje final

Feliz vida.

Ayuden en lo que puedan.
Cuiden de sus padres si aún los tienen.

Porque cuando se van…
se pierde el norte.

Y entonces, el norte eres tú.

Y por ellos…
seguir viviendo, seguir celebrando la vida…
es lo que toca.

Congregación, la Mañana, Plaza Mayor llena