Semana Santa de Zamora: cuando el silencio de los cofrades pesa más que los egos de despacho

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Zamora no necesita discursos impostados ni jerarquías infladas para entender su Semana Santa. Aquí, la fe no se administra desde un despacho ni se mide por galones dentro de una cofradía. Aquí, la fe se siente. Y se siente en silencio.
Porque ni iglesias, ni obispos, ni estructuras dirigidas por hombres con más ego que vocación pueden apropiarse de lo que pertenece al pueblo. La Semana Santa de Zamora es de sus cofrades, de sus gentes, de quienes bajo el caperuzo y la estameña viven una experiencia íntima, profunda y muchas veces intransferible.
El conflicto interno que nadie quiere contar
Hay una realidad incómoda que se repite año tras año y que pocos se atreven a señalar: los tejemanejes internos, las envidias, los personalismos y los pequeños “reinos de taifas” que se han instalado en algunas hermandades y estructuras organizativas.
Directivos que confunden su responsabilidad con una cuota de poder. Presidentes que actúan como si dirigieran un partido político. Decisiones tomadas más desde el orgullo que desde la fe. Y, en paralelo, intentos de imponer criterios que incluso han llegado a rozar lo incomprensible, como cuestionar la presencia o enseñanza de la Semana Santa en los colegios, olvidando que es precisamente la cantera la que garantiza el futuro de esta tradición.
Todo eso existe. Y todos lo saben. Pero pocos lo dicen.
La verdadera Semana Santa: la del silencio
Frente a ese ruido, emerge la esencia. La de verdad.
La de miles de zamoranos que no buscan protagonismo. La de quienes caminan descalzos, la de quienes rezan en silencio, la de quienes simplemente se recogen en sí mismos mientras avanzan por las calles de una ciudad que se transforma.
Ahí está la Semana Santa de Zamora. En ese gesto anónimo. En ese paso lento. En ese silencio que pesa más que cualquier discurso.
Nadie debería cuestionar ese sentimiento. Nadie debería apropiarse de él. Porque no pertenece a cargos ni a títulos. Pertenece a quien lo vive. Son momentos de paz interior pero también de la que no hay en el exterior, de recordar que hay muchos niños, mujeres y hombres que mueren de hambre a diario, y no están ni tan lejos ni son aquellos que por nacer en otro país o en otra cultura no han de preocuparnos sino todo lo contrario. El poco a poco y la cercanía hacen del sentido común un sino.
Humildad frente a jerarquía
Ser vara, directivo, presidente o cerillero no debería ser sinónimo de mando. Debería ser sinónimo de servicio. De humildad. De responsabilidad entendida desde lo humano, no desde la autoridad.
Pero cuando se pierde esa perspectiva, cuando se imponen formas, cuando aparecen las iras o las soberbias, el daño no es interno: es colectivo. Se erosiona la credibilidad de una Semana Santa que siempre ha sido ejemplo de austeridad, respeto y autenticidad.
Y eso, en Zamora, no debería permitirse.
Ni política ni postureo
Tampoco ayuda el ruido externo. Ni el desfile de cargos públicos buscando foto fácil, ni las luchas por acompañar a una imagen como si de un acto de campaña se tratara.
La Semana Santa no es eso. Nunca lo ha sido. Y espero que nunca lo sea.
Más allá de alcaldes, concejales o diputados —sean creyentes o no— está el sentimiento. El verdadero. El que no se exhibe. El que no se utiliza.
Una llamada a la coherencia
Si aquel de Nazaret, el que fue crucificado hace más de 2.000 años, caminara hoy por Zamora, probablemente no reconocería algunos comportamientos. Y quizá, como en una caída bursátil en tiempos de guerra, caerían también muchas máscaras.
Porque la verdad, tarde o temprano, siempre se abre paso.
Zamora es austera. Es tradicional. Es sentida. Tiene una Semana Santa única, construida durante generaciones desde el esfuerzo colectivo y la fe sincera.
Que no se pierda.
Que no la ensombrezcan quienes olvidan para qué están.
Que prevalezca el verdadero aliento semanasantero
. El que no necesita aplausos ni cargos. El que se vive desde dentro.
Buenas y felices Pascuas para todo el mundo, el cercano y el lejano.
Tolerancia, humildad, respeto y, sobre todo, sentido común.