La convocatoria de huelga en la AEMET irrumpe en plena cuenta atrás de la Semana Santa y añade incertidumbre a uno de los elementos más determinantes de estas fechas: el tiempo. Los paros anunciados los días 29 de marzo y 3 de abril podrían afectar de forma directa a los servicios de predicción meteorológica, con consecuencias en el tráfico aéreo y en la planificación de procesiones, un aspecto especialmente sensible para cofradías y organizadores.
No es un escenario menor. En ciudades donde la Semana Santa tiene un peso estructural —tanto cultural como económico—, como es el caso de Zamora, la fiabilidad de las previsiones resulta clave para decidir salidas, recorridos o suspensiones. La posibilidad de interrupciones en la información meteorológica introduce un factor de riesgo añadido en jornadas en las que cada decisión se mide al minuto.
Los sindicatos UGT, CCOO y CSIF enmarcan esta movilización en un conflicto de largo recorrido. Rechazan que se trate de una protesta puntual y la sitúan como respuesta a años de desgaste interno: falta de planificación, plantillas insuficientes y anuncios de empleo público que no terminan de materializarse. A su juicio, la sucesión reciente de fenómenos meteorológicos adversos ha evidenciado aún más la fragilidad del sistema.
El componente retributivo es otro de los ejes del conflicto. Las cifras que manejan los representantes de los trabajadores dibujan un escenario de baja competitividad salarial: alrededor de 1.200 euros mensuales para personal administrativo, menos de 1.500 para observadores y cifras que no alcanzan los 1.800 euros en el caso de predictores meteorológicos. Un contexto que, según denuncian, dificulta la captación y retención de talento en un organismo estratégico.
En paralelo, la presión crece también fuera del ámbito laboral. Cofrades, hosteleros y operadores turísticos observan con inquietud una situación que puede condicionar el desarrollo de una campaña clave. Mientras se ultiman pasos, itinerarios y reservas, la mirada vuelve inevitablemente al cielo, pero este año con una variable añadida: la incertidumbre sobre quién y cómo podrá interpretar ese cielo en tiempo real.