La cantera que hizo posible el Salto de Castro de Alcañices y y ahora es ruta turística

Vecinos de Castro en la cantera en los años 90
El antiguo enclave, recuperado por la naturaleza, forma parte de una ruta paisajística que permite a visitantes y lugareños recorrer la obra que transformó el Duero

Hoy, la antigua cantera de Castro de Alcañices es un espacio silencioso, casi domesticado por la naturaleza. El senderista que recorre la ruta apenas percibe que esas paredes de piedra cubiertas de matorral fueron durante años un hervidero de hombres, ruido, dinamita y polvo. Sin embargo, sin esta cantera el Salto de Castro —una de las grandes obras hidroeléctricas del Duero— nunca habría sido posible.

Cuando Iberdrola llegó por primera vez a la cerrada de Castro, en 1946, el pueblo era conocido como Castro Ladrón. Vivían allí unas 269 personas, no había luz eléctrica y el atraso marcaba el ritmo de los días. La modernidad llegó antes que el asfalto y lo hizo de la mano de topógrafos que, tras alcanzar Villardiegua de la Ribera en un coche de empresa, continuaban el camino a lomos de un burro, por sendas imposibles, hasta el emplazamiento de la futura presa.

Imagen de la cantera al atardecer

Uno de aquellos primeros episodios, recogido en La construcción de los Altos del Duero (1903–1970), de Álvaro Chapa, resume bien el choque entre dos mundos. Los técnicos contrataron a un lugareño para transportar las herramientas de medición. Le apodaron “Ratoncín”, por su habilidad para moverse entre las peñas de la muga con Portugal, donde hasta entonces se había ganado la vida con el contrabando de café, telas y sábanas. Aquellas peñas serían, poco después, cantera.

Piedra para una obra gigantesca

La cantera de Castro de Alcañices se explotó para abastecer de material a la presa y a la central hidroeléctrica. La geología del lugar —con un granito duro y difícil— condicionó todo el proceso. El machaqueo secundario de la piedra hubo que hacerlo con maquinaria inglesa: se utilizaron tres molinos importados, mientras que el resto de la trituración se realizó con medios nacionales, poco preparados para trabajar el granito del Duero, tal y como se recoge en la publicación de Chapa.

Para transportar la piedra desde la cantera hasta las machacadoras se recurrió a un teleférico monocable, adquirido a una mina andaluza cuyo nombre ya nadie recuerda. El cable y las mordazas de los baldes se convirtieron en una fuente constante de averías y desesperación. No había vehículos suficientes y, en ocasiones, los obreros se desplazaban desde el poblado hasta la cantera subidos al camión de la dinamita, entre polvorines y explosivos.

Restos de lo que fue a machacadora. Foto cedida por Caminata Lazos por la vida

Antes de que se instalaran las machacadoras, todo era aún más rudimentario. Los burros subían la piedra en una fila interminable hasta cribas manuales donde se clasificaba por tamaños. Con estos medios primarios se preparó el túnel de desviación del Duero y las excavaciones donde se asentarían la presa y la central.

El despertar de los pueblos

La construcción del acceso al salto y la propia cantera cambiaron la vida de Castro, Pino del Oro, Villadepera, Villardiegua y otros pueblos del entorno. La mano de obra llegó en gran parte de operarios que acababan de terminar la línea ferroviaria Medina–Zamora–Ourense–Vigo, junto a vecinos de la comarca de Aliste y los llamados pueblos “brandeleanes”.

En julio de 1949, el bullicio era permanente. Castro se llenó de barracones polvorientos y malolientes —una veintena— donde vivían hombres que, en su mayoría, no sabían leer ni escribir, pero estaban acostumbrados a trabajar duro. La escasez de alimentos se agravó por el aislamiento del emplazamiento y los inicios de la obra fueron especialmente penosos. La industria española no disponía de los materiales necesarios y el taller mecánico apenas daba abasto para reparar máquinas constantemente averiadas.

Aun así, la obra avanzó. El 3 de agosto de 1952, tras cuatro años de trabajo ininterrumpido, la central comenzó a producir energía. El Salto de Castro se convirtió en una realidad y en un símbolo: una obra gigantesca que permitió a quienes la levantaron comprender que podían enfrentarse a desafíos de dimensión internacional.

De enclave industrial a ruta paisajística

Hoy, la cantera está inactiva. Recuperada por la naturaleza, forma parte de una ruta paisajística que conecta Castro de Alcañices con el entorno del Duero y la frontera portuguesa. Lo que fue un espacio estratégico de extracción industrial es ahora un punto de interés geológico y patrimonial, una parada donde el caminante puede leer el territorio y su historia.

La paradoja es evidente: la cantera y las instalaciones vinculadas al salto se encuentran abandonadas y vandalizadas, pese a su alto valor patrimonial. El conjunto es propiedad de un inversor estadounidense que ha manifestado su intención de rehabilitarlo, mientras el tiempo y la maleza siguen avanzando.

Recorrer hoy la cantera de Castro no es solo una excursión. Es caminar por el origen de una obra que cambió la vida de un pueblo y el curso del Duero. Un lugar donde la piedra, arrancada a fuerza de burros, dinamita y manos curtidas, sigue contando —en silencio— la historia de cómo llegó la luz a uno de los rincones más olvidados de Zamora.