Una pista de pádel o una fiesta no apaga un incendio: Sayago necesita prioridades antes que promesas

Votaciones en la Asamblea de Zafara
Las soluciones antes que los lamentos, la prevención antes que las heridas de por vida.

Hay frases que parecen exageradas hasta que una noche te toca mirar cómo las llamas se acercan a tu casa.

Entonces dejan de ser exageraciones.

Se convierten en preguntas.

¿De qué sirve estrenar una pista deportiva si el pueblo no tiene una boca de incendio que funcione?

¿De qué sirve llenar una plaza de luces durante tres noches si los bomberos no saben dónde pueden cargar agua?

¿De qué sirve inaugurar una obra si cuando llega el fuego no hay presión suficiente en la red?

¿De qué sirven algunas inversiones si un pueblo no sabe por dónde tiene que evacuar a sus mayores?

Lo ocurrido en Sayago durante los últimos incendios debería obligarnos a revisar muchas cosas.

Y una de ellas es especialmente incómoda: las prioridades.

Porque nuestros pueblos necesitan fiestas.

Necesitan cultura.

Necesitan deporte.

Necesitan actividades que hagan regresar a la gente.

Necesitan música, verbenas, piscinas, parques, pistas deportivas y todo aquello que ayude a que nuestros hijos quieran volver.

Pero antes de todo eso necesitan seguir existiendo.

Cuando el fuego desnuda la realidad

Los incendios tienen una capacidad terrible para dejar al descubierto aquello que durante años hemos preferido no mirar.

En Mámoles hubo momentos en los que los vecinos tuvieron que ayudar a decidir qué viviendas estaban en mayor peligro y cuáles podían intentar defenderse.

Los propios testimonios recogen dificultades para encontrar agua, problemas de presión y medios de extinción buscando piscinas donde poder abastecerse.

Hubo camiones esperando para cargar.

Hubo desplazamientos hacia otros pueblos porque determinados puntos estaban saturados.

Hubo equipos que necesitaban saber dónde encontrar agua mientras el incendio seguía avanzando.

Eso no puede convertirse en normalidad.

Ni puede aceptarse como una consecuencia inevitable de vivir en un pueblo pequeño.

Porque cuando hablamos de prevención no estamos hablando de lujo.

Estamos hablando de seguridad.

Hidrantes que funcionen

No estamos reclamando un helicóptero en cada pueblo.

Ni un parque de bomberos en cada plaza.

Sería absurdo.

Pero sí parece razonable pedir que donde exista una boca de incendio, funcione.

Que tenga presión.

Que esté señalizada.

Que sea compatible con los medios de extinción.

Que haya adaptadores.

Que los profesionales sepan dónde está antes de tener una columna de humo encima.

Durante la preparación de la mesa de trabajo se han localizado incluso diferencias entre los modelos instalados en determinados pueblos y los sistemas empleados por algunos equipos de extinción.

¿De verdad tenemos que descubrir eso cuando el fuego está entrando por una carretera?

Agua, agua y después agua

Una de las grandes lecciones de estos incendios es tan básica que resulta casi doloroso escribirla.

Hace falta agua.

Depósitos.

Puntos de carga.

Piscinas preparadas.

Infraestructuras capaces de abastecer rápidamente a camiones y medios aéreos.

No podemos permitir que en una emergencia varios vehículos tengan que esperar para llenar sus depósitos mientras se decide dónde existe otro punto disponible.

El fuego no espera turnos.

No entiende de burocracia.

No sabe si un presupuesto se aprobó en marzo o si una obra quedó para el ejercicio siguiente.

Avanza.

Cortafuegos alrededor de los pueblos

Durante décadas nuestros montes cambiaron.

Cada vez hay menos ganado.

Menos agricultores.

Menos personas limpiando caminos.

Menos aprovechamiento del monte.

Y más combustible vegetal acumulado.

Es una realidad.

No hace falta ser ingeniero forestal para recorrer determinadas zonas de Sayago y comprobarlo.

Por eso los pueblos necesitan cinturones de protección.

Zonas limpias.

Cortafuegos mantenidos.

Caminos accesibles.

Espacios donde un equipo de extinción pueda trabajar sin quedar atrapado.

Los propios vecinos que impulsan la mesa consideran este mantenimiento una de las tres prioridades fundamentales junto al agua y los hidrantes.

Y un plan de evacuación en cada localidad

Hay otra pregunta todavía más sencilla.

Si mañana hay que evacuar un pueblo, ¿sabemos cómo hacerlo?

¿Quién avisa?

¿Quién se ocupa de las personas mayores?

¿Dónde se concentran los vecinos?

¿Qué carretera se utiliza?

¿Qué caminos deben quedar libres para los equipos de emergencia?

¿Dónde están las personas dependientes?

¿Quién dispone de vehículos?

No podemos improvisarlo cuando el fuego está a quinientos metros.

La mesa de trabajo surgida en Zafara ha incorporado precisamente esta necesidad: disponer de planes que permitan conocer previamente puntos de agua, hidrantes y procedimientos básicos de actuación.

Y esta propuesta debería estudiarse seriamente.

La prevención también es política municipal

Durante demasiado tiempo hemos asociado prevención de incendios exclusivamente con grandes administraciones.

Junta.

Diputación.

Gobierno.

Medio Ambiente.

Y evidentemente todas tienen responsabilidades.

Pero los ayuntamientos también deben preguntarse algo cuando preparan sus presupuestos.

¿Qué necesita realmente el pueblo?

No lo que da una fotografía.

No lo que queda bonito en una inauguración.

Lo que necesita.

Porque invertir en prevención tiene un problema político evidente:

no se ve.

Un hidrante nuevo no llena una plaza.

Un depósito de agua no recibe aplausos.

Un cortafuegos limpio no corta una cinta.

Un plan de evacuación no sale en una fotografía institucional.

Pero llegado el día puede salvar una casa.

Una explotación.

O una vida.

¿Pádel o prevención?

La pista de pádel se ha convertido casi en un símbolo.

Y conviene explicarlo.

Nadie está contra el pádel.

Ni contra las piscinas.

Ni contra las fiestas.

Ni contra cualquier inversión que mejore nuestros pueblos.

El problema aparece cuando esas inversiones conviven con carencias elementales.

Uno de los testimonios recogidos después del incendio lo expresaba de forma muy gráfica: antes que determinadas actuaciones, quizá sería más útil disponer de una gran reserva de agua capaz de abastecer rápidamente helicópteros y camiones.

Ahí está el debate.

No es pádel sí o pádel no.

Es qué va primero.

Y después de lo sucedido la respuesta parece bastante clara.

Prevenir cuesta dinero. Reconstruir cuesta muchísimo más

Existe otra cuestión económica que debería entrar definitivamente en el debate.

¿Cuánto cuesta limpiar el entorno de un pueblo?

¿Cuánto cuesta revisar los hidrantes?

¿Cuánto cuesta instalar depósitos de agua?

¿Cuánto cuesta elaborar un plan de emergencia?

Ahora hagamos otra lista.

¿Cuánto cuesta movilizar helicópteros?

¿Cuánto cuesta desplazar brigadas durante días?

¿Cuánto cuesta mantener decenas de vehículos?

¿Cuánto cuestan las indemnizaciones?

¿Cuánto cuesta reconstruir explotaciones?

¿Cuánto cuestan cientos o miles de hectáreas quemadas?

¿Y cuánto cuesta recuperar un monte que necesitará décadas?

Los impulsores de la mesa lo han señalado con claridad: consideran que actualmente se destina muchísimo más esfuerzo económico a la extinción que a la prevención.

Tal vez haya llegado el momento de invertir la lógica.

Que nadie convierta esto en una guerra política

La reivindicación surgida en Zafara tiene otro elemento que merece protección.

No debería tener siglas.

Ni utilizarse para pegarle al contrario.

Ni convertirse en una fotografía oportunista.

Porque cuando arde un pueblo no pregunta a quién votaron sus vecinos.

Arde la casa del votante del PP.

La del PSOE.

La de Vox.

La de UPL.

La del que no vota.

La del que pasa de la política.

La de todos.

Por eso quienes han impulsado la mesa lo explican claramente: “Esto no va de política. No es contra uno, contra el otro. Es a favor absolutamente de todos”.

Ojalá esa filosofía no cambie.

Los pueblos también tienen que asumir su parte

Y aquí tampoco vale exigirlo todo desde fuera.

Los propios vecinos lo reconocen.

Las administraciones tienen obligaciones.

Pero los pueblos también.

Hay que limpiar.

Hay que informar.

Hay que colaborar.

Hay que conocer los recursos existentes.

Hay que cuidar caminos.

Hay que saber dónde está una persona mayor que puede necesitar ayuda.

Hay que organizarse.

Los pueblos pequeños quizá no tengan dinero.

Pero tienen algo enormemente valioso.

Conocen el territorio.

Saben dónde pasa un camino que no aparece en un mapa.

Saben dónde hay una fuente.

Una charca.

Una piscina.

Una nave.

Un depósito.

Saben quién tiene tractor.

Quién tiene una cuba.

Quién puede ayudar.

Esa información también salva tiempo.

No podemos volver a olvidarlo en octubre

Este probablemente sea el mayor peligro.

Que llegue septiembre.

Después octubre.

Que vuelva el frío.

Que comiencen las lluvias.

Que desaparezcan las imágenes negras.

Y que todos volvamos a nuestras cosas.

Hasta el próximo verano.

Eso sería posiblemente el mayor fracaso.

Porque en Sayago ya existen documentos de años atrás reclamando protección y revisión de infraestructuras que hoy vuelven a estar encima de la mesa. En Mámoles se ha localizado documentación presentada ya en 2013.

Trece años después hemos vuelto a hablar de lo mismo.

No deberían pasar otros trece.

Ahora toca empujar

La reunión de Zafara ha dejado algo importante.

Gente dispuesta a trabajar.

Representantes de pueblos.

Una futura recogida de firmas.

Documentación.

Ideas.

Y una frase que resume perfectamente el espíritu de quienes están detrás:

no aflojar.

Porque hay momentos en los que protestar no basta.

Hay que organizarse.

Hay que presentar propuestas.

Hay que recaudar fondos.

Hay que implicar a empresas.

A hosteleros.

A músicos.

A asociaciones.

A los pueblos.

A quienes viven aquí y a quienes tuvieron que marcharse pero siguen sintiendo esta tierra como suya.

Y quizá haya llegado también el momento de hacer algo muy nuestro.

Algo capaz de convertir esa famosa cabezonería sayaguesa en solidaridad.

Un encuentro.

Una fiesta con sentido.

Un evento nacido para ayudar.

Un festival que no olvide lo sucedido.

Un festival que recaude.

Un festival que sirva para financiar prevención y para mantener viva esta reivindicación cuando se apaguen los últimos rescoldos.

Su nombre casi está escrito solo.

Sayago Modorro Fest

Pero esa ya es otra historia.

Y quizá la siguiente que merezca la pena contar.