¿Y por qué sí? Por el Ferrán de nuestras vidas, de nuestra selección y nuestro país ESPAÑA

campeones del mundo (1)
La pregunta era "¿y por qué no?", pero la respuesta la dio el mundo entero: porque sí.
 

Porque España volvió a demostrar que el fútbol es mucho más que el talento individual. Fue de menos a más, supo sufrir, competir y crecer hasta convertirse en un equipo prácticamente imbatible. Frente a una Argentina que recurrió por momentos a la tensión, las protestas y la dureza del juego, la selección española respondió donde realmente importaba: sobre el césped. Ahí fue superior.

No merece la pena detenerse en quien pierde sin saber reconocer la superioridad del rival o cuantas patadas les dieron a los nuestros sin sentido y sin razón. La historia siempre recuerda a los campeones.

Los hombres de Luis de la Fuente llevaron a todo un país al éxtasis. España volvió a ser un bloque sólido, un equipo donde el colectivo está por encima de cualquier individualidad. Ese ha sido, una vez más, el gran secreto de una generación que ha entendido que el éxito se construye desde el compromiso y la humildad.

La imagen tuvo también una enorme carga simbólica. Donald Trump entregó la Copa del Mundo a España. Una fotografía que recorrerá el planeta y que cada cual interpretará desde su propia óptica política, pero que no cambia lo esencial: el campeón fue España

Más allá del fútbol, nuestro país sigue proyectando una imagen que millones de personas admiran. Cerca de cien millones de turistas nos eligen cada año por nuestra calidad de vida, nuestro patrimonio, nuestra gastronomía, nuestro clima y nuestra forma de entender la convivencia. Tenemos problemas, como cualquier democracia, y una vida política marcada por la confrontación y por investigaciones judiciales que forman parte de la actualidad. Pero una cosa no debería impedir reconocer la otra: España continúa siendo un país admirado y con una enorme capacidad de atraer talento, inversión y visitantes.

En lo deportivo, matrícula de honor. En deportividad, sobresaliente. En espíritu de equipo, un once... o mejor dicho, un veintiséis. Porque los veintiséis convocados representaron la idea de un seleccionador humilde, trabajador y alejado del protagonismo. Luis de la Fuente, desde Haro, construyó un grupo que ha vuelto a demostrar que el liderazgo no siempre se ejerce levantando la voz; muchas veces se consigue dando ejemplo.

Hoy España es un poco más grande que ayer. No solo porque vuelve a ser campeona del mundo, sino porque ha ofrecido una lección de unión, esfuerzo y compañerismo. Son valores que fuera de nuestras fronteras se reconocen con más facilidad de la que, a veces, somos capaces de hacerlo nosotros mismos. Nuestro pundonor y tesón hacen que seamos la envidia del mundo hoy en el fútbol y muchas veces en iniciativas solidarias, justas y basadas en el sentimiento de ayuda que tiene este país para con los Palestinos, Gazatíes, Iraníes o cualquier otro país que sea invadido por un imperialismo absurdo que no va más allá de egos personales o de locuras transitorias.

Ojalá esta victoria sirva también para recordar que los grandes objetivos solo se alcanzan remando en la misma dirección. Como hacen los equipos campeones. Como hacen las sociedades que avanzan.

El fútbol termina. La convivencia continúa. Y si algo ha demostrado esta selección es que el éxito colectivo siempre nace de la suma de muchas voluntades, nunca del enfrentamiento permanente.

Quizá esa sea la mejor lección que deja este Mundial.

Porque sí.