23F: cuando la democracia se puso en pie… y por qué hoy sigue siendo un aviso
“Quieto todo el mundo”. La frase, que hoy suena lejana para muchos jóvenes, marcó una jornada en la que la democracia española estuvo a punto de romperse en directo, con el Congreso secuestrado, las calles en silencio y un país pendiente de la radio.
No fue solo un golpe fallido. Fue una prueba de resistencia para un sistema aún joven, nacido de una Transición que había logrado algo que parecía imposible: pasar de una dictadura a una democracia mediante acuerdos, cesiones y pactos entre adversarios políticos.
España venía de décadas duras. La democracia no fue un regalo, fue el resultado de paciencia, renuncias y, también, del recuerdo todavía cercano de muertos, represión y fractura social. El golpe del 23F pretendía truncar ese camino y devolver al país a un escenario que muchos creían superado.
No lo consiguió.
Aquel día, la sociedad reaccionó con firmeza silenciosa. Las instituciones resistieron. Y la imagen de un país apostando por la legalidad constitucional terminó consolidando la democracia española como un ejemplo internacional de transición política pactada.
El contraste con el clima político actual
Visto desde 2026, el contexto de entonces y el actual parecen mundos distintos.
La política de aquellos años estaba marcada por liderazgos con fuerte sentido de Estado, por negociaciones discretas y por una voluntad clara de evitar el choque frontal.
Hoy el escenario es otro.
La polarización, el ruido permanente y la amplificación que generan internet y las redes sociales han cambiado la forma de hacer política. Los discursos se radicalizan con facilidad, los consensos cuestan más y el debate público se vuelve más emocional que institucional.
En ese contexto, el recuerdo del 23F no es solo un episodio histórico: es una advertencia.
Porque los sistemas democráticos no se rompen únicamente con tanques en la calle. También se erosionan con la desconfianza constante en las instituciones, con la banalización del enfrentamiento y con el avance de posiciones que cuestionan las reglas del juego.
Memoria y responsabilidad democrática
Para quienes vivieron aquel día —y más aún para quienes tenían familia en el ejército o en cuerpos del Estado— el 23F no fue una página de libro. Fue miedo real, incertidumbre y la sensación de que todo podía venirse abajo en cuestión de horas.
La democracia española salió fortalecida porque supo cerrar filas en torno a la legalidad.
Ese fue su mayor triunfo.
Hoy, en un país muy distinto, con una sociedad conectada, informada y plural, el reto sigue siendo el mismo: mantener la unidad en lo esencial, defender las instituciones y evitar que el enfrentamiento político vuelva a empujar a
España hacia escenarios que parecían definitivamente superados.
El 23F no es solo pasado.
Es un recordatorio de que la democracia se sostiene cada día.