Trump o cuando el ego gobierna el mundo

trump y netanyaju
Hubo un tiempo en el que Estados Unidos presumía de ser el árbitro del mundo. Con todas sus contradicciones, con todas sus guerras, también supo venderse durante décadas como el país capaz de apagar incendios cuando el planeta ardía. Hoy esa imagen se desmorona a una velocidad alarmante. Y tiene nombre y apellidos: Donald Trump.

El actual presidente estadounidense parece haber convertido la Casa Blanca en un escenario donde su ego marca la agenda internacional. Un día se presenta como el líder que traerá la paz al mundo y al siguiente aparece como el dirigente que abre nuevos frentes de conflicto sin medir las consecuencias. Una política exterior que no parece guiada por la diplomacia, ni por la prudencia estratégica, sino por impulsos y demostraciones de fuerza propias de un matón de patio de colegio.

El resultado es un mundo más inestable que hace apenas unos meses. La guerra en Oriente Próximo se ha recrudecido, el estrecho de Ormuz vive bajo amenaza constante y el precio del petróleo vuelve a convertirse en una bomba económica global. Un escenario que muchos analistas advirtieron que podía ocurrir si Washington empujaba el conflicto con Irán. El Pentágono y los servicios de inteligencia lo avisaron. Pero cuando el ego entra en juego, las advertencias suelen quedar enterradas bajo los discursos grandilocuentes.

Trump ha querido aparecer como el sheriff del planeta, pero cada paso que da parece aislar más a Estados Unidos. Sus aliados tradicionales observan con preocupación el rumbo de los acontecimientos. Europa se mueve con cautela. Y buena parte del mundo mira ahora a Washington con más temor que admiración. El país que presumía de liderar el orden internacional empieza a ser visto como un factor de incertidumbre.

La paradoja es evidente. Trump llegó prometiendo acabar con las guerras interminables en las que se había metido Estados Unidos durante décadas. Hoy su mandato está asociado a una escalada que nadie sabe dónde puede terminar. Los misiles no obedecen a los discursos y las guerras no se ganan con mensajes en redes sociales. Una vez encendida la mecha, apagar el incendio suele ser mucho más difícil que prenderlo.

Y mientras tanto el presidente estadounidense insiste en sacar pecho. Una estrategia que puede servir para ganar aplausos en determinados sectores de su electorado, pero que fuera de sus fronteras empieza a provocar más inquietud que respeto. Porque el problema no es solo la guerra en sí, sino la sensación de improvisación que rodea cada movimiento.

El planeta observa con preocupación a un líder que cambia de discurso con la facilidad con la que otros cambian de chaqueta. Del supuesto pacificador al agitador global. Del negociador al hombre que amenaza con más bombardeos. Esa montaña rusa política alimenta la incertidumbre en un momento en el que el mundo necesitaría precisamente lo contrario: estabilidad y cabeza fría.

Incluso dentro de Estados Unidos crece el cansancio. Cada vez más voces cuestionan la deriva de un presidente que parece gobernar más pendiente de demostrar fuerza que de construir soluciones duraderas. Porque cuando el liderazgo se basa en la exhibición permanente de poder, el riesgo de error se multiplica.

Y aquí está la cuestión de fondo. No se trata de simpatías políticas ni de ideologías. Se trata de algo mucho más simple: el mundo necesita dirigentes que midan las consecuencias de cada decisión antes de pulsar un botón que puede cambiar la historia.

El problema de Trump es que parece convencido de que la historia gira a su alrededor.

Pero la historia suele ser implacable con quienes confunden el poder con la temeridad. Y cuando dentro de unos años se analice esta etapa convulsa, es posible que muchos concluyan que el mayor riesgo no fue solo la guerra, sino el carácter imprevisible del hombre que tenía el dedo más cerca del botón.

Porque el planeta puede soportar muchas tensiones geopolíticas.

Lo que cuesta mucho más soportar es un mundo gobernado por el ego. Venezuela, Irán, Cuba, Groenlandia… tomar Cuba, “puedo hacer lo que quiera con ella”, una frase que resume una forma de entender el poder que ya está generando inquietud internacional