Romeros de la Concha, de Google Maps, fe intermitente y mochilas Decathlon: Zamora vuelve a la Hiniesta
La patrona, vestida de rojo y perfectamente escoltada por autoridades civiles, militares, gaiteros, dulzaineros, tamborileros y móviles de última generación, volvía a poner de moda el camino romero. Porque ya no hay romería sin stories, sin selfie y sin comprobar en Google Maps cuántos kilómetros quedan para llegar o, sobre todo, para volver.
Que esa es otra.
Muchos preguntaban más por el autobús de regreso que por los misterios de la fe. Ocho kilómetros aproximados según Google Maps, que para algunos equivalían prácticamente al Camino de Santiago versión zamorana.
Mochilas técnicas, zapatillas de trekking, palos de apoyo y camisetas transpirables daban a la romería un cierto aire de etapa pirenaica patrocinada por Decathlon. Solo faltaba un avituallamiento oficial con isotónicas y geles energéticos en la Cruz del Rey Sancho.
Aunque antes de eso hubo susto. La indisposición de una señora mayor dentro de San Antolín obligó a intervenir a los servicios sanitarios, que finalmente la trasladaron al hospital para valoración. Un pequeño sobresalto dentro de una mañana que, por lo demás, transcurrió entre rezos, saludos y mucho ambiente familiar.
El obispo encabezando el cortejo tras la Virgen, y tras el saludo en San Lázaro, el rezo en la Cruz del Rey Sancho oficiado ya solo por Miguel Ángel, párroco de San Torcuato, y una ciudad entera caminando lentamente hacia La Hiniesta en esa mezcla tan zamorana de tradición, costumbre y fe a ratos intensos y a ratos negociables.
Porque siendo sinceros… aquí hay mucho más de tradición popular que de catecismo dominical.
Muchos de los que hoy acompañaban a la Virgen probablemente no pisan una iglesia desde Semana Santa. O desde la boda del primo. O desde aquel funeral incómodo donde coincidieron familiares que llevaban años sin hablarse. Pero llega la romería… y ahí sí aparece Zamora entera.
Y está bien.
Porque quizá las romerías ya no van solo de religión. Van de pertenecer. De juntarse. De echar el día. De comer tortilla bajo un árbol. De reencontrarse con “las primas”. De hacer pueblo aunque sea a golpe de bota de vino y empanada. Y de crear tradiciones y mantener el ramito de romero o de tomillo en el cordel de la medalla y cambiarlo cada año, eso si cuando ya ha salido la virgen. Otros muchos aprovechan el paso y el aroma de romeros y tomillos para más tarde guardarlos y condimentar esos platos que tanto dan a la mesa zamorana.
Eso sí, entre tanto fervor popular y religioso, inevitable no pensar en ciertas contradicciones terrenales. Porque mientras el personal camina ocho kilómetros entre polvo, calor y devoción, el mundo sigue girando raro. Y ahora que se habla de la próxima visita del Papa a España y de los más de 15 millones de euros previstos para semejante despliegue, a más de uno le da por pensar qué haría realmente aquel carpintero de Nazaret con semejante cantidad.
Probablemente menos protocolo y más hospitales.
Menos comitivas y más vacunas.
Menos escenarios y más comida.
Menos boato y más manos ayudando.
Pero en fin… tampoco vamos hoy a desmontar dos mil años de tradición en mitad de la romería. Pero ser católico también vale para ser crítico con lo que quizá no está tan bien visto ni querido.
Así que sigamos caminando.
Que Zamora está de romería.
Las primas se reunirán en la Hiniesta.
La Virgen avanza.
Los tamboriles suenan.
Y alguien, mientras tanto, sigue preguntando dónde se coge el autobús de vuelta. 1,2,3,4,5,6,7,8, Coooooooncha!!