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OPINIÓN | Oriente Medio

La guerra que Trump no midió: Ormuz, petróleo y el riesgo de incendiar medio mundo
Conflito Oriente Medio
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La guerra que hoy enfrenta a Estados Unidos e Israel contra Irán ha entrado en una fase que nadie parece controlar. Lo que empezó como una operación militar presentada como quirúrgica y rápida se ha convertido en una escalada regional con consecuencias globales. Y lo más inquietante es que los propios servicios de inteligencia estadounidenses reconocen ya que el cálculo inicial pudo ser profundamente erróneo.

El presidente estadounidense, Donald Trump, apostó por una estrategia de presión máxima alineándose sin reservas con el Gobierno israelí de Benjamin Netanyahu. El objetivo declarado era claro: debilitar la capacidad militar iraní y frenar su programa nuclear. Pero en política internacional, como en el ajedrez, cada movimiento abre nuevas jugadas del rival. Y esta vez el tablero ha saltado por los aires.

El error de cálculo

Las operaciones militares pueden planificarse al milímetro, pero las consecuencias rara vez obedecen al guion previsto. Washington confiaba en que una ofensiva contundente obligaría a Irán a replegarse o incluso a provocar una fractura interna del régimen.

Nada de eso ha ocurrido.

El régimen iraní ha reaccionado exactamente en el terreno donde más daño puede hacer a Occidente: el energético. El cierre o bloqueo del Estrecho de Ormuz se ha convertido en la gran carta estratégica de Teherán.

Por ese paso marítimo transita aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial. Cualquier interrupción convierte el mercado energético en una bomba económica global.

El resultado es inmediato: precios disparados, tensión en los mercados y una economía mundial que vuelve a caminar sobre una cuerda floja.

Netanyahu y el frente libanés

Mientras tanto, Israel aprovecha el escenario para ampliar su margen militar en la región. El Gobierno de Netanyahu ha intensificado las operaciones en la frontera norte, con incursiones y ataques en territorio libanés que elevan el riesgo de abrir un nuevo frente con Hezbollah.

El problema es que cada nuevo frente aumenta la probabilidad de una guerra regional abierta. Siria, Irak, el Golfo Pérsico y el Líbano se han convertido en un tablero donde múltiples actores armados se mueven simultáneamente.

En otras palabras: la guerra ya no es solo entre Israel y Irán.

El petróleo y la contradicción estratégica

La paradoja más llamativa llega ahora desde el propio mercado energético.

Durante meses, Washington presionó para limitar las exportaciones de petróleo ruso como parte de las sanciones derivadas de la guerra de Ucrania. Sin embargo, la actual crisis energética está obligando a reconfigurar esa estrategia.

La realidad es cruda: si el petróleo del Golfo desaparece del mercado, alguien tiene que cubrir el hueco. Y uno de los pocos países capaces de hacerlo es Rusia.

Así, el mismo sistema internacional que pretendía aislar energéticamente a Moscú se ve ahora empujado a tolerar —cuando no a facilitar— que el crudo ruso vuelva a alimentar el mercado global.

Una contradicción estratégica difícil de explicar.

El precio humano

Pero más allá de la geopolítica, el verdadero coste vuelve a recaer en la población civil. Cada bombardeo, cada misil y cada ofensiva tiene una consecuencia directa en las calles de ciudades que ya arrastran décadas de conflictos.

Hospitales saturados, infraestructuras destruidas y miles de familias atrapadas entre frentes militares que se multiplican.

La guerra moderna se libra con drones, satélites y misiles de precisión. Pero las víctimas siguen siendo las mismas de siempre.

Una guerra sin final claro

Trump insiste en que la operación está ganada. Sin embargo, la situación sobre el terreno sugiere algo muy distinto.

El régimen iraní no ha caído, el estrecho de Ormuz amenaza con convertirse en el epicentro de la crisis energética mundial y el conflicto se expande por toda la región.

En política internacional hay una máxima que rara vez falla: es fácil empezar una guerra, pero casi imposible decidir cuándo termina.

Y hoy, mirando el mapa de Oriente Medio, la pregunta ya no es quién ganará este conflicto.

La verdadera incógnita es cuánto más grande puede llegar a hacerse.

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