Rojo sin complejos… o sin rumbo: la izquierda frente a su propio espejo

Zamora como excepción, España como síntoma: la izquierda en revisión permanente

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Alguien contó una vez que ssi había en España una opción política que se llamara los rojos triunfaría...pero...la izquierda española vuelve a mirarse al espejo en uno de esos momentos que marcan época. No por una derrota concreta ni por una cita electoral inmediata, sino por algo más profundo: la incapacidad de reconocerse en una identidad común y, sobre todo, de actuar como un bloque con vocación de poder.

En política, la fragmentación no se paga en debates internos, se paga en escaños y en capacidad de legislar. Y ahí es donde el panorama actual deja pocas dudas.
En Zamora, sin embargo, el escenario ofrece un contraste singular. Izquierda Unida mantiene un baluarte institucional sólido en torno a la figura de Paco Guarido, un dirigente que ha demostrado ser más gestor, que agitador ideológico. En su trayectoria se intuyen las influencias de otra izquierda, la que hablaba de coherencia, de pedagogía política y de respeto institucional. La escuela de Cayo Lara y, más atrás, la de aquel referente andaluz llamado Julio Anguita, donde el discurso no se desligaba de la responsabilidad de gobierno. Caballeros de la izquierda — con todas sus contradicciones — pero caballeros al fin y al cabo. Una forma de ejercer la política que hoy parece casi arqueología.
Porque fuera de esos reductos de estabilidad, el tablero estatal presenta una izquierda dispersa, enfrentada por matices y atrapada en debates identitarios que poco tienen que ver con la gestión cotidiana. El último episodio lo ha evidenciado: ni siquiera ante propuestas que buscaban cierta coordinación parlamentaria — lanzadas desde el entorno de Gabriel Rufián — se ha conseguido una respuesta cohesionada. Entre purismos estratégicos, desconfianzas cruzadas y proyectos que compiten por la misma base electoral, el resultado es un archipiélago político incapaz de presentarse como bloque.
Sumar, Podemos y otras sensibilidades siguen hablando de reconstruir cimientos mientras el reloj institucional no se detiene. La política real, la que aprueba presupuestos o leyes, no espera a que las familias ideológicas resuelvan sus diferencias internas. Y en ese contexto aparece un riesgo evidente: la lentitud estratégica frente a una derecha que se reorganiza y una ultraderecha que crece en presencia mediática y capacidad de presión. Si algún día llega a tener margen legislativo suficiente, no será por sorpresa sino por desgaste del adversario.
Mientras tanto, España vive en una paradoja narrativa. Por un lado, el relato del éxito tras la pandemia, de la recuperación económica y del posicionamiento europeo. Por otro, la sensación de fragilidad estructural en el debate político, donde los consensos básicos parecen cada vez más difíciles. Entre la autocomplacencia y el pragmatismo debería existir un punto de equilibrio, pero ese espacio exige interlocutores sólidos y proyectos claros. Algo que la izquierda, hoy por hoy, no termina de articular con nitidez.
Y ahí surge una pregunta incómoda pero necesaria: ¿por qué la izquierda reniega de su propia denominación? Durante décadas, “ser rojo” fue un calificativo que definía posiciones ideológicas sin complejos, asumidas con orgullo o con crítica, pero sin disfraces semánticos. Hoy parece que el término incomoda más dentro que fuera. Tal vez por estrategia electoral, tal vez por desgaste histórico, o tal vez por miedo a la simplificación. Pero negar el nombre no refuerza la identidad; la diluye.
La política española — y la zamorana en pequeño formato — ha demostrado que la ciudadanía distingue entre etiqueta y gestión. Lo relevante no es el color, sino la credibilidad. De ahí que figuras que priorizan la administración eficaz sigan obteniendo respaldo, mientras proyectos que se pierden en disputas internas ven reducir su espacio. El votante observa, compara y decide. Y rara vez premia la desunión.
La izquierda encara, por tanto, un dilema clásico: redefinirse o resignarse a ser secundaria en el tablero y según viene la extrema derecha podrían pasar a un tercer lugar..

Recuperar coherencia, asumir su denominación sin complejos y priorizar el acuerdo estratégico podrían ser pasos evidentes. No garantizan victorias, pero al menos evitan derrotas anunciadas.
Porque al final, en política como en la vida pública, no se trata de cómo te llamen, sino de cómo te presentas ante la realidad. Y hoy, más que nunca, la izquierda española parece tener pendiente esa presentación, hacen valer ese dicho: " los rojos no se ponen de acuerdo ni para ir a buscar dinero".