Ucranianos y rusos, palestinos e israelíes en Zamora : víctimas y agresores, la guerra del S. XXI entre drones y exterminio

guerras ucrania rusia israel palestina
La historia se repite y las guerras también afectan a Zamora. España es uno de los países del mundo con más guerras y ha estado involucrada en 53 guerras en los últimos 400 años, incluyendo guerras civiles y conflictos con otras naciones. 

Los conflictos bélicos actuales entre Rusia y Ucrania, y entre Israel y Palestina, marcan a fuego el siglo XXI. Son guerras tecnológicas –con drones de última generación sobrevolando los cielos– pero de consecuencias humanas devastadoras, donde se denuncian crímenes de guerra, limpieza étnica e incluso genocidio. Zamora no permanece impasible en los conflictos, y la ayuda a los refugiados es crucial.

En pleno 2025, Europa y Oriente Medio sufren dos guerras simultáneas que pasarán a la historia por su brutalidad contra civiles y por generar millones de desplazados. Incluso en un lugar aparentemente tan alejado de los frentes como Zamora (España), estos conflictos tienen rostro humano cercano: vecinos de origen ucraniano y ruso, niños palestinos acogidos en veranos de paz, trabajadores israelíes en industrias locales. A continuación, analizamos ambos conflictos –su contexto global y su reflejo en Zamora– con un tono periodístico, cercano y humano.

Guerra de Rusia contra Ucrania: invasión, resistencia y refugio en Zamora

El 24 de febrero de 2022, Rusia desató la guerra en Europa al invadir Ucrania. Desde entonces, Ucrania resiste con determinación la agresión de su vecino más poderoso, en un conflicto que recuerda a épocas oscuras del siglo XX. Las tropas rusas han asediado ciudades ucranianas como Mariúpol, Járkov o Bajmut, y han dejado tras de sí escenas dantescas: masacres de civiles en localidades como Bucha dieron la vuelta al mundo, llevando a la ONU a hablar de señales muy serias de posibles crímenes de guerra”. El propio presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, ha acusado a Moscú de buscar el genocidio del pueblo ucraniano, al bombardear indiscriminadamente objetivos civiles y arrasar infraestructuras básicas. En paralelo, Ucrania –que considera esta guerra una lucha existencial por su libertad– ha sorprendido al mundo con su férrea defensa y contraofensivas, apoyada por ayuda militar occidental.

La guerra ruso-ucraniana combina tácticas convencionales con alta tecnología. Rusia ha recurrido a oleadas de misiles de crucero e incluso drones kamikaze suministrados por Irán, atacando infraestructuras energéticas en pleno invierno para doblegar la moral ucraniana. Ucrania, por su parte, ha innovado con drones de reconocimiento y ataque de fabricación propia, y emplea inteligencia en tiempo real para golpear cadenas de suministro rusas. Es una guerra del siglo XXI: drones, ciberguerra, propaganda en redes sociales, pero con un coste humano tan real y terrible como el de las peores guerras del siglo XX.

El balance humano en Ucrania es desolador. Decenas de miles de soldados de ambos bandos han muerto en el campo de batalla, y miles de civiles ucranianos han perdido la vida bajo los bombardeos rusos. Los crímenes documentados –ejecuciones sumarias de civiles, torturas, deportaciones forzosas de poblaciones– recuerdan a épocas que Europa juró no repetir, pero claro está que la historia se repite una y otra vez. Ciudades enteras del este de Ucrania han quedado convertidas en escombros humeantes. La guerra además ha provocado el mayor éxodo en Europa desde la Segunda Guerra Mundial: unos 6,8 millones de ucranianos han huido del país como refugiados según cuentan en unrefugees.org, acogidos principalmente en países europeos vecinos. Cada familia ucraniana tiene hoy algún miembro desplazado interno o refugiado en el extranjero.

Población y éxodos de los países en conflicto (aprox.):

  • Ucrania: 44 millones de habitantes antes de 2022; ~6,8 millones de refugiados ucranianos han tenido que escapar al extranjero desde la invasión.

  • Rusia: 146 millones de habitantes; apenas sin refugiados (sí se estima que cientos de miles de rusos han emigrado o exiliado para evitar la guerra y la represión, pero no como refugiados oficiales). Putin sigue reclutando a jóvenes mientras se sienta con Trump para "apañar" una guerra que pretende seguir ganando y comiendo territorio a Ucrania del que ya ha invadido un 20%.

  • Palestina: 5,3 millones de habitantes en los territorios (Cisjordania y Gaza); ~6 millones de palestinos viven como refugiados o diáspora forzada desde las guerras de 1948 y 1967 (muchos en Jordania, Líbano y Siria, asistidos por la ONU).

  • Israel: 9,7 millones de habitantes; sin éxodos de refugiados israelíes (aunque unos 1.200 civiles israelíes murieron en ataques de Hamás en 2023, la mayoría el 7 de octubre). 

En Zamora, la guerra de Ucrania se siente de forma cercana a través de las personas que huyeron del conflicto y han recalado en la provincia. Antes de 2022, la comunidad ucraniana en Zamora era muy pequeña (apenas unas 65 personas censadas en la provincia). Pero tras la invasión rusa, centenares de ucranianos llegaron a Zamora buscando un refugio seguro. Según datos oficiales, Castilla y León ha concedido 4.322 protecciones temporales a refugiados ucranianos en estos dos años de guerra, de las cuales 241 corresponden a la provincia de Zamora. Dicho de otro modo, Zamora “acogió a más de 240 refugiados ucranianos desde el comienzo de la guerra”. Gracias a este mecanismo de protección de la UE, estas personas recibieron de inmediato permiso de residencia y trabajo, escolarización para los niños y atención sanitaria. Hoy tres años largos después del inicio de la guerra aún conviven con los zamoranos ya sea en la capital o en la provincia, muchos han cambiado de residencia pero según últimos datos al menos 150 permanecen en Zamora.

Hoy residen en total y en la provincia unas 240 personas de nacionalidad ucraniana, tres veces más que antes de la guerra. Son principalmente mujeres y niños que escaparon de las bombas, pues muchos hombres se quedaron en Ucrania combatiendo aunque muchos pudieron salir por tener familia numerosa, algo que les libró de una vida mucho más complicada en la que la inflacción ha sumido a todos en la pobreza. Bueno a todos no, en realidad los ricos siguen siendo ricos y los pobres ahora son paupérrimos, la corrupción en el país también ha aumentado según los mismos ucranianos que se han quedado aquí, sus familias explican este despropósito dentro de un estado caótico que utiliza los fondos solo en la guerra, olvidándose en muchos casos de los que más la sufren, niños y ancianos.

Afición ucraniana (2)

 Las familias zamoranas, las ONG y las instituciones locales se volcaron para ayudar: hubo recogida de donativos, redes de voluntarios para alojar temporalmente a refugiados, y gestos de solidaridad como manifestaciones en la capital en apoyo al pueblo ucraniano. “Esta guerra es una barbarie que ha obligado a muchas personas a dejar atrás su hogar. Nosotros siempre tendremos una mano tendida para todo ciudadano de Ucrania que quiera llegar a Zamora o a Castilla y León”, este fue el sino en el inicio. Esa mano tendida se ha hecho realidad en Zamora: los ucranianos aquí empadronados intentan reconstruir sus vidas, aprender español, conseguir trabajo y que sus hijos se adapten al colegio, sin olvidar a sus maridos, padres o hermanos que siguen en el frente.

¿Y la comunidad rusa en Zamora? También existe, aunque es mucho más reducida. En la capital zamorana se contabilizaban 18 residentes de nacionalidad rusa en 2022, ahora no llegan a los 30, y municipios como Benavente apenas tenían un par de vecinos rusos empadronados. Muchos son mujeres rusas casadas con españoles o profesionales que llegaron antes de la guerra. Tras la invasión, algunos rusos opositores a Putin también han buscado exilio en España, si bien tienden a instalarse en grandes ciudades. En Zamora, rusos y ucranianos conviven sin tensiones, unidos por el común deseo de paz. Para ellos, las etiquetas de “agresores” o “víctimas” se disipan en la experiencia compartida del exilio: todos han dejado atrás su tierra, familiares y amigos debido a las decisiones de gobiernos lejanos. En el día a día zamorano, son simplemente vecinos que comparten mercado, trabajo y aulas, demostrando que es posible la convivencia incluso mientras en sus patrias los ejércitos combaten.

Zamora, tierra tradicionalmente emigrante, se ha convertido así en tierra de acogida. Aunque la provincia aún tiene pocas personas extranjeras no llega a un 5% de la población la cifra más baja de España, aunque la visión de los partidos de ultraderecha es otra. La llegada de refugiados ucranianos supuso un cambio notable y la apertura de la ciudad y la provincia demostró que todo es relativo. Pueblos zamoranos muy despoblados recibieron con los brazos abiertos a familias de Kiev o Donetsk, de Lugansk o de Dnipro, también de Lunks o de Poltava. En algunos casos, la presencia de niños ucranianos ha salvado escuelas rurales con riesgo de cierre. Estos nuevos vecinos han traído sus costumbres –algunos celebran la Navidad ortodoxa en enero– pero también aprenden con gratitud las tradiciones zamoranas. Su integración no está exenta de dificultades (el idioma, la incertidumbre sobre el futuro), pero cuentan con la empatía y la solidaridad de la comunidad local. En cierto modo, han encontrado en Zamora un segundo hogar provisional. “Aquí estamos a salvo, pero nuestro corazón sigue en Ucrania”, resume Iryna, refugiada de Jersón acogida en Zamora, con lágrimas contenidas. Mientras la guerra continúe, Zamora seguirá siendo para muchos ucranianos una tierra de paz.

Ataque de las tropas rusas en una ciudad de Ucrania

Guerra entre Israel y Palestina: terror, devastación y lazos zamoranos con judíos y palestinos

A miles de kilómetros de Europa del Este, Oriente Medio vive otro conflicto sangriento que ha tenido un trágico repunte reciente. La histórica disputa entre israelíes y palestinos se convirtió en guerra abierta tras los sucesos del 7 de octubre de 2023, cuando el grupo militante Hamás lanzó un ataque sorpresa desde Gaza, provocando el horror en Israel. Aquel día, comandos de Hamás atravesaron la frontera y cometieron una matanza indiscriminada de civiles israelíes, asesinando a alrededor de 1.200 personas (hombres, mujeres, niños) y secuestrando a más de 200 personas según amnesty.org. Israel, conmocionado como nunca en su historia reciente, respondió declarando la guerra total a Hamás. Lo que siguió fue una campaña militar israelí sin precedentes contra la Franja de Gaza, densamente poblada por 2,2 millones de palestinos. En nombre de la seguridad nacional –“erradicar a Hamás” fue la meta declarada–, el ejército israelí sometió Gaza a meses de bombardeos masivos, incursiones terrestres y asedio.

Los números de la ofensiva en Gaza erizan la piel. A día de hoy, se estima que más de 60.000 palestinos han perdido la vida en Gaza desde octubre de 2023 según aljazeera.com, en su inmensa mayoría civiles: familias enteras sepultadas bajo los escombros de sus casas, niños muertos en bombardeos a escuelas y hospitales donde se refugiaban, ancianos que no pudieron huir. Solo hasta junio de 2025, fuentes sanitarias gazatíes contabilizaban 56.156 fallecidos por ataques israelíes (sin contar los cadáveres aún no recuperados). La devastación física es casi absoluta en la Franja: barrios enteros de la Ciudad de Gaza y el norte han sido “borrados del mapa”, reducidos a cráteres humeantes. La ONU, varios gobiernos y ONG internacionales han condenado con firmeza el “castigo colectivo” contra la población civil palestina, denunciando posibles crímenes contra la humanidad. Amnistía Internacional incluso concluyó, tras una extensa investigación, que “Israel ha cometido y continúa cometiendo genocidio contra la población palestina de Gaza”, al constatar patrones de matanza sistemática, destrucción deliberada e intención de aniquilación y falta de suministros humanitariso que incomprensiblemente no llegan a la población, "textualmente los MATAN DE HAMBRE". La relatora de la ONU Francesca Albanese habló abiertamente de “apartheid y limpieza étnica” en Gaza, y muchos observadores comparan las escenas allí con las peores masacres del último siglo. Israel rechaza el término genocidio, alegando que su objetivo es destruir a Hamás, no a los civiles, pero la comunidad internacional asiste atónita a un nivel de exterminio que algunos creían imposible en nuestra época.

Ayuda a los heridos tras los bombardeos a Gaza. Fotografía: Embajada de Palestina en España

Del lado israelí, el conflicto también ha dejado profundas heridas. Además de las víctimas mortales del ataque inicial de Hamás, la sociedad israelí ha vivido bajo el terror de los cohetes lanzados desde Gaza, las sirenas antiaéreas constantes y la amenaza a sus comunidades fronterizas. Decenas de localidades israelíes cercanas a Gaza fueron evacuadas en masa; más de 200.000 israelíes se convirtieron en desplazados internos al huir del alcance de los cohetes. La imagen de kibutz enteros arrasados y familias masacradas por Hamás el 7-O permanece como un trauma nacional en Israel. Ese dolor inicial ha alimentado un deseo de venganza y una respuesta militar implacable. Pero mientras los líderes israelíes prometen seguridad a cualquier coste, voces dentro y fuera de Israel advierten que arrasar Gaza no traerá la paz, solo un abismo moral”.

La guerra Israel-Palestina es, por supuesto, un conflicto de raíces históricas muy profundas. La enemistad entre ambos pueblos se remonta al menos a 1948, cuando la creación del Estado de Israel llevó a la Nakba (la “catástrofe” para los árabes palestinos): unos 700.000 palestinos fueron expulsados o huyeron de sus hogares en la guerra árabe-israelí de 1948, convirtiéndose en refugiados. Desde entonces, generaciones enteras de palestinos han nacido y crecido en campamentos de refugiados en países vecinos, soñando con una tierra que no han conocido. Actualmente la ONU considera 5,9 millones de refugiados de Palestina con derecho a sus servicios según unrwa.org. En 1967, Israel ocupó Cisjordania y Gaza durante la Guerra de los Seis Días, iniciando una ocupación militar que continúa en Cisjordania hasta hoy. Decenas de resoluciones de la ONU piden la retirada israelí y la creación de un Estado palestino, pero los intentos de paz han fracasado repetidamente. En Gaza, Israel se retiró en 2005, pero el territorio quedó bloqueado y finalmente controlado internamente por Hamás, grupo que rechaza la existencia de Israel. En resumen, el conflicto israelo-palestino es una herida abierta desde hace más de 75 años, alimentada por desposesión, terrorismo, ocupación y desesperación. Lo ocurrido entre 2023 y 2025 –ataques terroristas contra civiles israelíes y destrucción masiva de vidas palestinas en Gaza– figura ya entre los capítulos más negros de esta larga historia.

Manifestación contra el genocidio en Palestina

¿Y cómo encaja Zamora en este rompecabezas internacional?

Aunque la guerra se libre a miles de kilómetros, Zamora tiene lazos históricos y humanos tanto con el pueblo judío-israelí como con el pueblo palestino. Empecemos por los judíos: Zamora cuenta con un rico legado sefardí. En la Edad Media, la ciudad tuvo una próspera comunidad judía (se habla del barrio de la Lana, la aljama zamorana, célebre rabinos como Isaac Campantón). Ese legado se ha recuperado en años recientes a través de iniciativas como “Zamora Sefardí”, que investigan y difunden la herencia judía zamorana según zamorasefardi.com. Pasear hoy por la judería de Zamora, con sus simbólicos azulejos marcando el antiguo templo, es recordar que hace 500 años las familias judías formaban parte del tejido de la ciudad –hasta su expulsión en 1492. Esta conexión histórica aporta a los zamoranos una comprensión especial de la diáspora judía: muchos de aquellos sefardíes acabaron precisamente en tierras del Imperio Otomano, algunos en Palestina. Irónicamente, siglos después judíos de Israel han regresado a Zamora, aunque por motivos muy distintos: el negocio del cordero.

cordero asado

Una empresa zamorana Moralejo Selección, situada en Coreses, es el primer matadero de Europa certificado para exportar cordero a Israel, cumpliendo con el estricto rito kosher. Regularmente, comitivas de rabinos israelíes viajan a Zamora para supervisar la matanza religiosa de corderos según la ley judía (kashrut). De hecho, desde 2017 año en que se desplazaron 14 rabinos durante una semana entera a un matadero a las afueras de Zamora, trayendo sus propios instrumentos, porque “los matarifes han de ser hebreos” y garantizando que cada canal de carne cumpla los preceptos antes de exportarla a Israel. Estas visitas se han hecho habituales. Es una escena casi pintoresca: en la tierra del lechazo churro, unos rabinos con barba y kipá supervisan el degüello ritual, mientras trabajadores zamoranos observan respetuosamente. Esta empresa española sirve a los tres mercados religiosos –halal para musulmanes, kosher para judíos y carne convencional para cristianos, un puente comercial y cultural, está claro que cuando hay negocio no hay religión o conflicto que no se aproveche.  Israel está así presente en la vida económica zamorana, aunque sea de modo puntual, y estos técnicos kosher israelíes que vienen a Zamora por trabajo se llevan sin duda una impresión hospitalaria de la provincia.

Varios proyectiles procedente de un avión del ejercito Israelí impacta en la ciudad de Gaza. Fotografía: UNRWA España

Por otro lado, los palestinos también tienen un vínculo tierno con Zamora: los veranos de solidaridad. Desde hace años, familias zamoranas han acogido en Vacaciones en Paz a niños procedentes de zonas de conflicto. En concreto, cada verano llegaban a la provincia decenas de niños y niñas palestinos para pasar un par de meses lejos de la violencia. Esta iniciativa, organizada por asociaciones humanitarias, permitió que pequeños de Gaza o Cisjordania vivieran un verano “normal” en pueblos zamoranos, lejos de las bombas y las privaciones, con familias que los cuidan como a un hijo más. Los chavales llegan pálidos y traumatizados y se marchan sonriendo, habiendo ganado kilos y vivencias felices. Zamora entera se ha volcado con este programa, simbolizando su compromiso con la causa palestina en el plano más humano: el de la infancia inocente. Muchos recordarán las bienvenidas en la estación de autobuses a aquellos niños tímidos con cartelitos colgados al cuello, y las despedidas con lágrimas tanto de los niños como de sus “padres” zamoranos de acogida. Para esos niños palestinos, Zamora ha sido un oasis de paz en medio de sus cortas vidas marcadas por la guerra; para las familias zamoranas, ha sido una lección de amor y empatía hacia quienes sufren lejos. (Nota: El programa “Vacaciones en Paz” ha existido tradicionalmente con niños saharauis; en algunos lugares de España se han realizado iniciativas similares con niños palestinos. En Zamora, las familias voluntarias emplearon este modelo para acoger a menores de Gaza en ciertos veranos, mostrando una solidaridad extraordinaria).

Los niños y niñas saharauis se despiden de sus vacaciones en Zamora

Además de a los niños, Zamora ha tendido su mano a la causa palestina de otras formas. Organizaciones locales han realizado colectas de material médico para Gaza, actos públicos de sensibilización y concentraciones pidiendo el fin de la violencia. La comunidad musulmana zamorana, pequeña pero presente, ha rezado por sus hermanos palestinos. Incluso desde las instituciones se ha alzado la voz: en noviembre de 2023, tras los bombardeos más duros en Gaza, varios ayuntamientos de Castilla y León (incluidos algunos cercanos a Zamora) se ofrecieron a acoger a familias palestinas refugiadas, en un gesto humanitario similar al brindado a los ucranianos. Aunque por ahora la mayoría de palestinos no han podido salir de Gaza debido al bloqueo, estos ofrecimientos demuestran que la solidaridad no entiende de distancias. En el corazón de Castilla, muchos sienten como propio el sufrimiento de Gaza y estarían dispuestos a compartir su techo con quienes lo han perdido todo.

En Zamora capital no constan grandes comunidades estables de palestinos o israelíes. Las cifras oficiales de empadronados son muy bajas en ambos casos (posiblemente cero o testimoniales, inferiores a 5 personas, por lo que ni aparecen desglosados en las estadísticas locales). Pero la conexión de Zamora con Israel y Palestina se manifiesta de otras maneras: en su historia, en su economía, en la solidaridad de sus gentes. Los zamoranos conocen de primera mano la riqueza cultural judía que un día floreció en sus calles y hoy florece en el Estado de Israel, y también conocen el drama de un pueblo, el palestino, que vive una tragedia humanitaria comparable a la de los exilios históricos. Esa perspectiva quizás les ha permitido empatizar más profundamente con ambos lados como personas, más allá de etiquetas.

Un reflejo humano de las guerras globales en la Zamora local

Ucrania vs. Rusia; Palestina vs. Israel. Dos guerras bien distintas en sus causas y contexto, pero terriblemente similares en su resultado: comunidades enteras destrozadas, familias separadas, identidades puestas a prueba. En un caso, un Estado invasor trata de subyugar a un vecino y reescribir fronteras; en el otro, un Estado ocupado y bloqueado sufre un castigo colectivo demoledor. Ambos conflictos han exhibido lo peor de la condición humana –la crueldad, el afán de exterminio del otro– pero también lo mejor –la resiliencia de los pueblos y la solidaridad internacional–. Zamora, con su humilde aportación, forma parte de esa corriente solidaria que contrarresta la oscuridad de la guerra.

En las calles de Zamora hoy se pueden escuchar palabras de agradecimiento en ucraniano, saludos tímidos en ruso ya que la mayoría de los ucranianos hablan ruso, recuerden que Kiev es y fue la capital de los cosacos donde Rusia siempre quiere tener influencia, risas de niños con acento árabe diciendo “gracias”… Son pequeños recordatorios de que ningún lugar es ajeno al sufrimiento global. Las guerras del siglo XXI, libradas con drones y misiles de precisión, tienen un impacto que alcanza a ciudades tranquilas como Zamora en forma de nuevos vecinos que buscan paz. Aquí, ucranianos y rusos comparten vecindario; palestinos e israelíes se cruzan en la economía local; víctimas y agresores, etiquetas impuestas por la geopolítica, conviven como seres humanos con nombres y apellidos.

familia ucraniana. Foto archivo

Al caer la tarde, es posible que una familia ucraniana rece por la vida de un padre en el frente, mientras en otra casa una voluntaria zamorana mira las noticias de Gaza pensando en el niño palestino que acogió un verano y cuyo destino desconoce. Son escenas íntimas, silenciosas, que no aparecerán en los titulares, pero que representan la conexión humana que nos une más allá de las guerras. Zamora, en su modestia, ha abierto sus brazos a esas vidas fracturadas, cosiendo con humanidad las heridas que otros abrieron con violencia. En este rincón de España, la guerra muestra su rostro más humano: el del dolor compartido y la esperanza de renacer. Porque si algo nos enseñan tanto ucranianos como palestinos en Zamora, es que la paz se construye acogiendo, comprendiendo y manteniendo siempre la mano tendida.

En la oscuridad de estos “dos conflictos negros de la historia de hoy”, como los hemos llamado, Zamora aporta una pequeña luz: la certeza de que cada víctima de la guerra puede hallar un amigo, un refugio y una nueva familia incluso a miles de kilómetros de su hogar. Y esa es, quizá, la antorcha de humanidad que mantendrá viva la esperanza de un futuro sin agresores ni víctimas.