El fenómeno therian: cuando la sociedad confunde libertad con absurdo
Vio algo peor: el reflejo de una sociedad que convierte cualquier ocurrencia viral en espectáculo colectivo.
La anunciada quedada en La Marina terminó como tantas otras cosas de nuestro tiempo: una convocatoria inflada por redes sociales, una multitud de curiosos esperando algo que no llegó… y un silencio incómodo cuando se hizo evidente que, detrás del ruido digital, no había absolutamente nada.
El fenómeno “therian” se define como una identidad interna o espiritual ligada a un animal. No se trata de creer que uno es físicamente un lobo, un zorro o cualquier otra criatura, sino de sentir una conexión profunda, psicológica o simbólica, difícil de explicar con palabras.
Hasta ahí, cada cual puede sentirse lo que quiera. La libertad individual también ampara las rarezas.
El problema no es que alguien sienta eso.
El problema es que la sociedad haya normalizado que cualquier construcción subjetiva, por extravagante que sea, deba convertirse en espectáculo público.
Del derecho a ser diferente al derecho a ser ridículo
Vivimos en una época en la que la diferencia ya no busca respeto, busca visibilidad. Y la visibilidad ya no busca comprensión, busca clics.
El fenómeno therian no sería más que una curiosidad privada si no fuera porque la maquinaria de redes sociales necesita alimentar constantemente el circo.
Hoy no basta con ser, hay que exhibirse.
Y lo que no se exhibe no existe.
El resultado es una sociedad que ha pasado de defender la diversidad a celebrar el disparate sin filtro. Una sociedad que confunde tolerancia con ausencia total de criterio, y libertad con un vale todo donde cualquier idea, por incoherente que sea, debe tratarse como si tuviera el mismo peso que la realidad.
No es que los therian sean el problema.
El problema es la necesidad colectiva de convertir cualquier rareza en tendencia.
La generación del espectáculo permanente
La escena de La Marina fue casi simbólica:
cientos de jóvenes esperando algo que no ocurrió, móviles grabando sin contenido, curiosidad sin motivo, policía vigilando una nada perfectamente organizada.
No era una quedada.
Era un espejo.
Un espejo de una sociedad que vive pendiente del próximo fenómeno viral, del próximo personaje extraño, del próximo vídeo absurdo que nos permita olvidar durante cinco minutos que el mundo real exige responsabilidades, esfuerzo y sentido común.
Mientras tanto, problemas reales —empleo, vivienda, despoblación, servicios públicos— quedan relegados a segundo plano frente a la fascinación por cualquier cosa que parezca distinta, excéntrica o simplemente llamativa.
No todo lo que se respeta tiene sentido
La libertad individual es incuestionable.
Cada persona puede definirse como quiera en su mundo interior.
Pero una sociedad madura no tiene por qué convertir cada identidad subjetiva en espectáculo colectivo ni cada extravagancia en noticia nacional.
El respeto no obliga a aplaudir el sinsentido.
La tolerancia no implica renunciar al criterio.
Y la convivencia no se construye a base de viralidad.
Zamora, esta vez, ha sido solo escenario de la expectación.
Pero el fenómeno revela algo más profundo: la facilidad con la que la humanidad moderna acepta lo absurdo siempre que venga envuelto en estética, redes sociales y un relato emocional.
Una tarde sin therian… y con demasiadas preguntas
La quedada no existió, pero el síntoma sí.
Un síntoma de una sociedad que, en su obsesión por no juzgar nada, ha dejado de distinguir entre lo comprensible y lo incoherente.
Al final, lo que vimos en La Marina no fue el fracaso de un fenómeno.
Fue el éxito de una cultura que ha convertido lo anecdótico en relevante, lo excéntrico en tendencia y lo absurdo en entretenimiento.
Y quizá esa sea la pregunta incómoda:
si esto es lo que somos capaces de movilizar, ¿qué dice eso de nosotros como sociedad?