El Duero gana terreno en Zamora y ya alcanza balizas de seguridad: así avanza la crecida del río este 5 de febrero
La subida no es alarmista, pero sí evidente. El río ocupa espacio, avanza y recuerda que, por mucho que el urbanismo intente domesticarlo, la naturaleza sigue marcando sus propias reglas. Las actuaciones humanas sobre cauces y arroyos, a menudo discutibles en su planteamiento, vuelven a quedar bajo el foco cuando los temporales encadenados de este invierno ponen a prueba infraestructuras y planificación hidráulica.
Las zonas más representativas para observar esta evolución siguen siendo las mismas.
Las aceñas de Olivares, Cabañales, Pinilla y Gijón ofrecen una lectura directa de la fuerza que arrastra el Duero al recoger el caudal de decenas de afluentes. A ello se suman enclaves como Los Tres Árboles, el camino viejo de Villaralbo o la conocida zona de Benidorm, donde la señalización preventiva ya marca el terreno y en algunos puntos el agua comienza a rozar o superar las balizas instaladas por la Policía Municipal.
El paisaje fluvial cambia día a día. El río, que continúa su curso hacia el Atlántico para desembocar con majestuosidad en Oporto, deja antes su impacto en la provincia: anegamiento puntual de campos de cultivo, caminos impracticables y áreas de paseo temporalmente comprometidas.
A fecha de 5 de febrero, el seguimiento visual confirma lo que apuntaban las previsiones: la tendencia es ascendente y obliga a mantener vigilancia y prudencia en las riberas. No se trata solo de contemplar el espectáculo natural —que lo es— sino de entender su alcance y consecuencias.
El Duero vuelve a hablar con voz propia. Y Zamora, como tantas veces en su historia, le toma el pulso desde la cercanía y el respeto, sabiendo que convivir con el río exige observarlo, entenderlo y no olvidar nunca que, cuando decide reclamar espacio, lo hace sin pedir permiso.