Venezuela y Noruega: dos historias con petróleo, dos destinos radicalmente distintos
A primera vista, Noruega y Venezuela comparten un punto de partida sorprendentemente similar: ambos comenzaron a explotar petróleo a gran escala alrededor de 1970, situándose en aquel momento entre los países con mayores ingresos per cápita de sus regiones y con economías centradas en la exportación de hidrocarburos. Fue —en ese entonces— una riqueza que prometía un futuro próspero para sus ciudadanos.
Sin embargo, más de cinco décadas después, la realidad de estas dos naciones es un símbolo de lo que pueden hacer —o deshacer— las decisiones políticas y económicas de un país rico en recursos naturales.
Noruega: instituciones, ahorros y sostenibilidad
Noruega supo gestionar sus recursos con un enfoque que hoy es citado internacionalmente como ejemplo. El Estado tomó medidas estratégicas para que el petróleo no se convirtiera en una maldición:
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El modelo noruego integró la renta petrolera a través de políticas fiscales prudentes y la creación de uno de los fondos soberanos más grandes del mundo, destinado a garantizar bienestar social para las generaciones futuras.
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La industria energética, aunque de propiedad estatal, funcionó bajo reglas claras, con transparencia, controles y planificación de largo plazo.
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En los indicadores de libertad económica, Noruega pasó de puntuaciones modestas en los años setenta a niveles altos en la clasificación mundial hacia el siglo XXI.
El resultado es una economía diversificada, instituciones fuertes y una renta per cápita entre las más altas del planeta, a pesar de su dependencia inicial del petróleo.
Venezuela: dependencia y declive
Hasta finales de los años setenta, Venezuela también era un país con altos ingresos y expectativas económicas comparables a las de Noruega. Pero el rumbo cambió.
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Con el paso de los años, la economía venezolana se fue volviendo cada vez más dependiente del petróleo como fuente casi exclusiva de ingresos, sin fomentar otras actividades productivas sostenibles.
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Las instituciones públicas se deterioraron: índices de libertad económica, transparencia y confianza empresarial empezaron a caer, reflejando un entorno hostil para la inversión y el desarrollo económico.
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Esta dependencia se volvió insostenible cuando, desde mediados de la década de 2010, se sumó hiperinflación, caída de la producción petrolera y crisis social profunda. Muchos servicios públicos colapsaron y la pobreza se extendió.
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El impacto es dramático: millones de venezolanos han emigrado en las últimas décadas, en lo que se considera uno de los mayores flujos migratorios de la historia reciente en América Latina.
Hoy, Venezuela todavía lucha por recuperar estabilidad política y económica, mientras que Noruega disfruta de décadas de crecimiento sostenible y cohesión social.
Dos respuestas a una misma oportunidad
La comparación entre Noruega y Venezuela no es una simple curiosidad histórica; es una lección clara sobre cómo no basta tener recursos si no existen instituciones que los gestionen con visión, transparencia y equilibrio.
La fortuna petrolera fue, en ambos casos, una oportunidad. Pero en Noruega se transformó en herramienta de desarrollo colectivo; en Venezuela, en una fuente de poder político que terminó erosionando la propia base económica del país.
Ambos países empezaron con condiciones similares hace casi 60 años. Hoy, su contraste sigue siendo uno de los ejemplos más citados de cómo las decisiones de Estado pueden determinar el destino de naciones enteras.