El español conquista el espectáculo en la Superbolw mientras Trump intenta poner puertas al mundo
Hay cosas que no se controlan desde un despacho ni desde una red social. Ni con decretos, ni con muros, ni con discursos inflamados. Y hay noches en las que la realidad entra por la puerta principal, se sienta en el salón… y deja claro que el mundo sigue girando aunque a algunos les incomode.
Podrá gustar más o menos el fútbol americano — para muchos entenderlo sigue siendo como descifrar una canción de Bad Bunny sin subtítulos — pero lo cierto es que el espectáculo no va solo de yardas, cascos y publicidad millonaria. Va de cultura, de influencia y de algo mucho más profundo: demografía, identidad y globalización.
Porque Estados Unidos, le siente bien o no a su presidente, no es una postal uniforme. Es mezcla.
De pueblos originarios y europeos.
De latinos y asiáticos.
De negros y blancos.
De acentos, historias y realidades que no caben en un eslogan electoral.
Y cuando más de ciento treinta y cinco millones de personas ven a un artista cantando en español en el epicentro mediático del país, el mensaje trasciende el espectáculo: no se puede deportar una lengua, ni expulsar una cultura que forma parte del tejido social y económico del propio país.
Crecer tiene consecuencias
El crecimiento — económico, cultural o demográfico — implica transformación. Estados Unidos se ha construido sobre migraciones constantes y sobre aportaciones externas. Millones de hispanohablantes sostienen sectores productivos, pagan impuestos, emprenden, consumen y hacen crecer la economía. Más de 50 millones de personas hablan español en USA.
Eso no es ideología.
Es aritmética social.
Por eso resultan difíciles de encajar determinadas políticas migratorias o discursos que simplifican un fenómeno complejo en clave electoral. En un mundo interconectado, donde las cadenas de suministro cruzan continentes y donde las sociedades son híbridas por naturaleza, el aislamiento es más relato que solución.
El poder blando que no entiende de fronteras
La música, el idioma o la cultura popular actúan como herramientas que ningún control fronterizo puede neutralizar. Son el verdadero poder blando de nuestro tiempo: conectan, influyen y generan pertenencia. Mientras algunos debaten sobre deportaciones, otros llenan estadios, plataformas y audiencias globales. Mientras se levantan discursos, la cultura fluye.
Y esa es la paradoja.
Mirada desde este lado del Atlántico
Desde España — y desde una provincia acostumbrada a observar el mundo con distancia crítica — estas contradicciones se leen con cierta ironía. No por superioridad, sino por perspectiva histórica: Europa también fue migración, mezcla y transformación. Zara hizo el vestuario, y la voz fuera de protagonismos se mezcló con la américa diversa, se cargó de mensajes de apoyo a los que viven y hacen grande ese país de libertades que minimiza un Trump dictador y arrogante. USA es otra cosa no es un ser naranja cargado de prejuicios intolerante que es nieto de inmigrantes.
La globalización no pide permiso. Simplemente sucede.
La política intenta ordenar el mundo. La realidad suele desordenarlo.
Y en ocasiones basta un escenario, un idioma y millones de espectadores para recordar algo básico:
Hay fenómenos que no se controlan con decretos.
Ni con retórica.
Ni con muros.
El sentido común — ese sí — sigue siendo imposible de legislar.