Cuando el pan sostiene la vida: Eduardo Vicente Movilla y la mirada íntima de Los panaderos de Ferreruela

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El documental dirigido por Eduardo Vicente Movilla retrata la llegada de una familia tunecina a Ferreruela, un pequeño pueblo de la provincia de Zamora, para mantener viva una panadería tradicional en pleno contexto de despoblación.

Una obra delicada y profundamente humana sobre convivencia, arraigo y dignidad, que inicia ahora su recorrido público con una presentación en Zamora y proyección gratuita hasta completar aforo.

En Ferreruela, un pequeño pueblo de la provincia de Zamora donde el tiempo avanza despacio y la despoblación marca el pulso de la vida cotidiana, el pan sigue siendo algo más que un alimento. Es un punto de encuentro, una rutina compartida, un hilo invisible que mantiene unida a la comunidad. De esa certeza nace Los panaderos de Ferreruela, el documental dirigido por Eduardo Vicente Movilla, una obra delicada y profundamente humana que pone el foco en lo esencial: las personas que, sin hacer ruido, sostienen la vida en los márgenes.

La película sigue el día a día de una familia tunecina que llegó al pueblo para hacerse cargo de la panadería cuando nadie más quiso hacerlo. No hay épica impostada ni discursos grandilocuentes. Hay trabajo, madrugadas, silencio y constancia. Y, sobre todo, una forma de estar en el mundo que habla de convivencia, arraigo y dignidad sin necesidad de subrayados.

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Producido íntegramente por Creativa Locomotiva y con la colaboración del Museo Etnográfico de Castilla y León, el Ayuntamiento de Zamora y la Diputación de Zamora, el documental inicia ahora su recorrido público tras su presentación en Zamora. Un estreno que marca el comienzo de su paso por circuitos culturales, proyecciones especiales y festivales de cine documental. La entrada será libre y gratuita hasta completar aforo, fiel al espíritu abierto y accesible que atraviesa toda la obra. Además, Los panaderos de Ferreruela cuenta con subtítulos en árabe, francés e inglés, reforzando su vocación de circulación cultural y su proyección internacional.

Una idea que crece con el tiempo

Lejos de una concepción cerrada desde el inicio, el documental nace casi sin proponérselo. Eduardo Vicente Movilla recuerda que todo comenzó al observar la importancia que tiene el pan en muchos pueblos y cómo, en Ferreruela, una familia llegada desde Túnez decidió asumir la panadería cuando el relevo parecía imposible.

“Al principio no pensé en un documental como tal, sino en acompañar, observar y entender qué estaba ocurriendo ahí”, explica.

Ese acompañamiento, sostenido durante años, fue transformándose poco a poco en un retrato más amplio sobre el tiempo, el trabajo y la permanencia. Una evolución natural, sin prisas ni planificación rígida, que acabó dando forma a una película profundamente coherente con su propio proceso de creación.

Un oficio como forma de relato

La decisión de centrar la historia en esta familia no responde a una voluntad discursiva, sino todo lo contrario. Movilla subraya que lo que le interesó fue precisamente su forma de llegar al pueblo: sin mensajes, sin consignas, únicamente con un oficio.

“No venían a ‘salvar’ nada, simplemente a trabajar y a vivir”, señala.

Esa presencia discreta y constante es la que marca el pulso narrativo del documental. La rutina diaria, repetida sin alardes, acaba convirtiéndose en un relato poderoso sobre migración, integración y dignidad. No hay necesidad de explicaciones externas: el propio gesto de amasar pan cada madrugada habla por sí solo.

Lo cotidiano como lugar donde todo ocurre

Los panaderos de Ferreruela aborda cuestiones de enorme calado —la despoblación, la convivencia intercultural, el arraigo— desde un lugar poco habitual: lo cotidiano. Para su director, no existe un mensaje cerrado que imponer al espectador.

“Lo importante sigue ocurriendo en lo cotidiano. La convivencia no siempre es un gran relato épico, sino algo que se construye día a día, casi en silencio”, reflexiona.

En ese silencio se encuentra también la dignidad del trabajo, especialmente cuando está profundamente ligado a un territorio y a una comunidad concreta. El pan, en este contexto, se convierte en símbolo y en realidad material al mismo tiempo.

Rodar respetando el tiempo del lugar

Uno de los principales retos del proyecto no fue técnico, sino temporal. Respetar los ritmos del pueblo, de la panadería y de las personas que la sostienen exigió una mirada paciente y una forma de rodar poco invasiva.

“Había momentos en los que simplemente había que dejar la cámara a un lado y acompañar sin grabar”, reconoce Movilla.

Esa decisión ética forma parte del propio documental, aunque no se vea en pantalla. El rodaje implicó madrugadas, horarios exigentes y una adaptación constante a un entorno donde el tiempo no responde a lógicas urbanas.

La huella de la pandemia

El proyecto se desarrolló, además, en plena pandemia, un contexto que terminó influyendo de manera decisiva en la mirada del director. La ralentización forzada y la revalorización de lo esencial —el pan, el trabajo manual, la vida en un pueblo pequeño— impregnaron el tono del documental.

“Creo que eso influyó en una mirada más contenida, más paciente y menos explicativa”, apunta.

Una mirada que huye del exceso y se instala en la observación tranquila, casi contemplativa.

Persistir sin hacer ruido

Tras pasar tantas horas junto a la familia, lo que más sorprendió al director fue la naturalidad con la que asumían una responsabilidad enorme: mantener viva una panadería en la comarca de Tábara significa mucho más que sacar adelante un negocio.

“Es sostener un vínculo con la gente”, afirma.

No hubo victimismo ni queja, solo constancia, respeto por el oficio y una voluntad firme de seguir adelante. No es casual que, al definir la experiencia con una sola palabra, Movilla elija “persistencia”.

“Seguir adelante sin grandes gestos, pero sin rendirse”.

Mirar de otra manera

Más allá del resultado cinematográfico, el director se lleva una transformación personal. Una forma distinta de mirar los pueblos y los oficios tradicionales, sin nostalgia ni prejuicios, entendiendo que no pertenecen únicamente al pasado, sino que pueden tener pleno sentido en el presente.

“Detenerse a mirar me parece un acto transgresor hoy día”, confiesa.

Y quizás ahí reside la mayor virtud de Los panaderos de Ferreruela: en su capacidad para invitarnos a mirar con atención aquello que suele pasar desapercibido. Sin lecciones, sin respuestas cerradas. Solo una propuesta honesta.

“Si después de verlo alguien se queda pensando en su propio vínculo con el lugar donde vive, para mí ya tiene sentido”.

Un documental que, como el pan que retrata, se hace despacio, con respeto y con la certeza de que lo pequeño, cuando se cuida, puede sostenerlo todo.